Cada vez que viajaba en avión, buscaba tu rostro entre las nubes, me imaginaba tus rasgos en esas formas que se estiraban en el cielo. Te había escrito cien cartas y recibido cien tuyas; dos por cada semana que pasaba. Nos habíamos jurado encontrarnos en cuanto me fuera posible. Cuando no estudiaba, trabajaba lo necesario para volver algún día contigo. Cada gesto que realizaba, lo hacía pensando en la mañana, en que por fin llegaría a Berlín, a ese aeropuerto en el que estarías esperando.
¿Cuántas noches me dormí en tu mirada, en el recuerdo de la risa que nos entraba de repente por las calles de la ciudad? Había demasiadas diferencias entre nosotros; yo, la chica del Este, y tú; el chico del Norte.